Durante doce años observé, por costumbre y con alguna
emoción, las esquinas del sector de La Kennedy que se
divisaban desde las ventanas de los buses en los que
transitaba cuando en mi juventud vivía al norte de Quito.
Uno de estos domingos por la tarde, junto al cielo cargadito
de nubes negras que se mezclaban con las voces de los
“Veciamigos”, por fin conocí este territorio que fue parte de
mi juventud al atravesarlo todos los días rumbo al colegio y
luego a la universidad.